Posiblemente, nunca se escribieron novelas tan perfectas como en la segunda mitad del XIX; ni se volverán a escribir. Posiblemente, nunca hubo tal acumulación de joyas cinematográficas como a finales de los 30 y principios de los 40. Posiblemente, la música rock nunca alcanzará la dimensión (popular, artística, social) que tuvo a finales de los 60 y principios de los 70. Einstein sigue iluminando los caminos de la Ciencia, Pelé sólo hubo uno y el espíritu de Jordan se reencarna ahora en un jovencito llamado Lebron, más fuerte y atlético pero sin su clase ni su carisma.

Hay momentos únicos, irrepetibles que, como la juventud, se van para no volver. Y esta primera década del siglo XX nos ha dejado la edad de oro de un formato hasta hace poco ninguneado por la cultura: la serie de televisión. Si durante décadas constituyó únicamente un producto de consumo masivo, familiar, pero de escasa calidad artística, algunos ejemplos señeros de los últimos años lo han convertido en una de las formas narrativas más perfectas de la actualidad. Ya no resulta extraño leer comentarios como "excepcional saga mafiosa" o "drama shakesperiano ambientado en el oeste americano" para referirse a series como Los Soprano o Deadwood.

El origen de esta transformación de las series habría que buscarlo en los noventa. El éxito de series como como Urgencias o Los Simpsons ayudaron a los productores a entender que una serie adulta, profunda, que necesitaba incluso cierto esfuerzo por parte del espectador, podría ser rentable. Pero fue en la primera década del siglo XX cuando una cadena estadounidense de pago, HBO, revolucionó el medio con series como Los Soprano, A dos metros bajo tierra, The Wire, Deadwood o Roma. La típica serie ñoña, de risas enlatadas y domingo en el sofá, daba paso a complejas tramas, de tono duro y realista, con múltiples personajes y capítulos abiertos, sin un final definido. Todo ello para mostrar un diseccionador fresco de la sociedad occidental contemporánea, como ocurre en la que, para muchos, es la mejor serie de la Historia: The Wire.

Y es que una serie que se permite el lujazo de ambientar los títulos de crédito con la música de Tom Waits tiene que ser una joya.